Por ‘sentía’! (y por no coger un taxi)

    Otra de esas manías/tendencias ‘post-ianas‘ – y no, no me refiero al abuso del subjuntivo, ni al rechazo del relativo, no, que uno tiene su visión crítica pero se niega a flagelarse en público. ‘Demonios‘!-, es el recurso insistente al tiempo y al espacio, que aquí aúno con los lugares, los lugares que hacemos parte de nuestro escenario cotidiano.
A veces son habitáculos más o menos ocasionales,

   El café de desayuno.

Otras veces ese ‘rincón exquisito‘ que te devuelve a tí mismo,
  El mar cuando torna hembra, ‘la mar’, esa mar.

     
Pero los más numerosos son los lugares de tránsito, el trayecto a casa, a centro actividad, a encuentro con tu alguien, a paseo de recuperarse, ese caminar, ese pasar casi desapercibido por constituir apenas un fotograma casual y no infinitos de destino, de objetivo, de poner consciencia en el deseo de llegar. 
     Podríamos abrir disertación enlazada acerca de la fijación instintiva y cuasi obsesiva de ‘llegar’ a destino, cual conejo blanco de Alicia, ese eterno arquetipo del que en mayor o menor medida todos somos manifiestos. 
     Mas no, ahora fijamos atención en lugares, esos lugares, tan nuestros que no habíamos reparado lo fueren.
   
Jueguen conmigo…
     Recuerdan su primer paso, si alguna vez fueron bebitos?, yo no. 
     Ven en su memoria íntima la vez que la bicicleta sin patines les tiró y destrozó la rodilla, con la consiguiente bronca de sus mayores por bruto, por ensuciar, o por lo que tocase? yo no, si no es porque esos mayores me lo han contado, y seguro no fué para tanto.   Sirvansé añadir cualquier otro ejemplo…
     Pero, ¡ay de mí!, y el, olor del horno de pan, a harina y mantequilla delante del que pasabas camino a la escuela?, ese que de grande uno es capaz de recuperar en memoria y que hace abrir los orificios de la naricilla, y que provoca tu razón afirme ‘nunca el croissant supo, ni de lejos, tan bien como ese olor’.
  Y el arcoiris de color de la frutería/perfecta miscelánea que la pequeña y enjuta dama de sonrisa fija y bella desplegaba cuando cruzabas camino de casa abuelos?.
     Son lugares en que uno reparó poco, de forma casual, por circunstancial utilidad, o quizà en que reparó  a diario, de forma curiosa, recurrente, de buenos días vecino, y sin embargo en todos ellos considerando estos lugares como perennes, constantes en temporadas, en estaciones, en modas. Son parte del paisaje, de nuestro paisaje urbano, tan, en apariencia, eterno como el árbol que era milenario ya cuando tu bisabuelo nació y enseñas a tus nietos. 
En apariencia.
      Y en fin, esa lencería de la esquina de la calle que lleva a casa, rancia, de bustos imposibles, pero que provocaban verdadero pánico en la imaginación infantil y preadolescente ante la duda, de prendas indescriptibles de usos inimaginables en el enorme escaparate. 

   Y un día pasas, como tantos otros uno pasó, si bien la vida ha hecho transcurrir, quizá demasiados, dìas y estaciones sin pasar por el que fue tu camino, y surge ocasión y uno decide pasear en la primera lluvia. Y sin chubasquero, ni katiuskas, apenas un paraguas que nunca aprendí a llevar, sale uno a las calles conocidas.
    Y el paisaje se ha modificado, y aún con lo apresurado del andar para llegar, el cambio te hace parar, y la lluvia y el gris del día no impide notes hay algo diferente, un fotograma que no se ajusta al film que guarda tu memoria…y la esquina de la lencería resulta ser una quesería! 
       
    Y miro, yo, ya yo, y vuelvo a mirar, y avanzo, y vuelvo atrás, y…sigo que voy tarde pero, palabrita, el sostén de talla imposible huele a queso cabrales. 
    Y es algo lógico, renovación necesaria, la evolución, el avance generacional, el devenir normal de las cosas, lo sé. 
    Noto la tripa se encoje un poco, y siento una rabia irracional calentar el cuerpo, y termino el inicio de la mañana poniéndome de una buena vez en mi sitio:
– ‘Jodeté‘, por no haber cogido un taxi!

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