Piezas I

‘Apareciste, en un octubre sin revoluciones, como un vendaval de julio, fresco, como el primer gorrión de abril, asombroso, como las primeras gotas del deshielo, necesaria.
Llegabas aterida como un cachorro, exhausta como un naufrago, vulnerable como hulla de dinamitero… Y te acurrucaste sola en un banco de la catedral.
Y dejaste de escuchar la ceniza en las bocas.y emparedaste el aliento del abrazo con esa mirada de mastín triste, lejano.
Pero un día no distante, cuando el cierzo recorrió tu talle, y tus pupilas fueron aves y tu risa manantial en el deshielo, enseñaste a un hombre a preguntar al viento.’

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